La violencia contra niños, niñas y adolescentes sigue siendo una de las crisis silenciosas más extendidas del planeta. Según la OMS, más de 1.000 millones de niños sufren cada año algún tipo de violencia. Sin embargo, esta cifra no aparece en los titulares. No genera escándalo mediático. No conmueve lo suficiente.

La Organización Mundial de la Salud señala que esta problemática es prevenible, y que el costo humano, social y económico de mirar hacia otro lado es insostenible.

Entre las estrategias posibles, destacan:

  • Apoyo parental y vínculos seguros desde la primera infancia.
  • Espacios escolares protectores.
  • Reglas claras en el entorno digital.
  • Justicia adaptada, comprensiva, reparadora. Justicia centrada en la niñez.

Celebro que se organizará, en Bogotá, la primera Conferencia Ministerial Mundial para Poner Fin a la Violencia contra la Niñez. Evento histórico que reunirá a más de 130 gobiernos, 90 ministros y diversos representantes de la infancia, la juventud, los supervivientes, las instituciones académicas y entidades filantrópicas, y ha de suponer un punto de inflexión.

Pero, ¿y si el cambio empieza por nosotros?

Desde la docencia, desde el sistema judicial, desde el trabajo social, desde la comunicación, desde el lugar que nos toque ocupar.

Desde cada persona adulta que se cruza con una infancia.

Desde cada política pública que priorice el cuidado y no la indiferencia.

Porque en definitiva el compromiso no es solo institucional. Es también personal.