Las ciudades cambian cuando cambian los vínculos. Y los vínculos cambian cuando el cuidado ocupa un lugar central.
El sábado 20 de diciembre de 2025, LA NACION publicó una nota sobre la expansión de la vida pet friendly en la Ciudad de Buenos Aires. No se trata solo de una tendencia urbana: es un fenómeno social que da cuenta de transformaciones profundas en la manera de habitar, vincularnos y organizar la vida cotidiana.
Algunos datos resultan elocuentes:
- 1 de cada 3 porteños convive con una mascota;
- en la ciudad hay más de 500.000 perros y 360.000 gatos;
- el 75 % de las personas considera a su mascota parte de su familia;
- y el mercado vinculado al cuidado animal crece de forma sostenida.
Pero más que los números, importa lo que expresan.
En esencia, la humanización de las mascotas ha ido desdibujando la frontera entre el espacio humano y el animal. La mascota ya no ocupa un lugar periférico dentro del hogar: ha dejado de ser un satélite que orbita alrededor de la familia para convertirse, muchas veces, en un núcleo organizador de la vida doméstica. Desde el destino de las vacaciones hasta la distribución del presupuesto mensual, e incluso el diseño de la vivienda, el cuidado animal estructura decisiones cotidianas relevantes.
En este escenario, se consolida una práctica discursiva y vincular significativa: nombrar a la mascota como un hijo. No en sentido jurídico, sino como expresión de una forma de cuidado intensivo, sostenido y proyectado en el tiempo. Desde el Derecho de Familia, este fenómeno interpela categorías tradicionales y abre el debate sobre lo que se ha comenzado a denominar familia interespecie: configuraciones familiares en las que el vínculo afectivo y la responsabilidad cotidiana exceden el parentesco humano sin equipararlo, pero tampoco ignorarlo.
Estas prácticas no son neutras. Impactan en la vida familiar, en el uso del espacio público, en la economía del cuidado y en las decisiones vitales (divorcios y cuidados de mascotas, el derecho a cremarlos, por ejemplo, pero puede haber más: ¿podrían heredar?…).
Allí donde hay cuidado, hay responsabilidad. Y donde hay responsabilidad, el derecho no puede permanecer indiferente.
El desafío no es romantizar estas transformaciones, sino comprenderlas con sensibilidad social y seriedad jurídica.
La pregunta que queda abierta es si el Derecho de Familia está preparado para leer estas nuevas formas de vínculo sin negarlas ni forzarlas a encajar en categorías que no alcanzan.
