Voy a hablar de algo que no suele aparecer en los congresos ni en los fallos, pero que atraviesa la vida de muchísimas mujeres dentro del derecho: lo que significa construir una carrera judicial siendo, además, madre.
Durante años se instaló la idea de que una mujer debía elegir. O la familia, o la profesión. Como si dedicarse con seriedad al derecho fuera incompatible con criar, y como si maternar restara compromiso profesional. Muchas cargamos con esa falsa disyuntiva, muchas veces en silencio.
He conocido a colegas brillantes que sintieron culpa por llegar tarde a buscar a sus hijos al colegio, y otras que sintieron culpa por faltar a una audiencia por una fiebre en casa. Culpa de un lado, culpa del otro. Una exigencia doble que rara vez recae sobre los varones de la misma manera.
Reconozco cuánto se ha avanzado, y también cuánto falta. No se trata de pedir privilegios, sino de construir instituciones que entiendan que quienes las integramos somos personas completas, con vidas, con vínculos, con responsabilidades de cuidado.
Una justicia que dice defender a las familias no puede ser ciega frente a las familias de quienes la hacen funcionar cada día.
A las jóvenes que hoy dudan entre el derecho y la maternidad, les diría que no tienen por qué elegir entre ser buenas profesionales y estar presentes. Es difícil, sí. Pero es posible. Y cada una que lo logra abre un poco más el camino para las que vienen detrás.
