Los cuidados ya no tienen un solo rostro
Durante mucho tiempo, los cuidados tuvieron rostro de mujer.
Fueron las madres.
Las abuelas.
Las hijas.
Las hermanas.
Las mujeres que sostuvieron silenciosamente la vida mientras el mundo seguía funcionando alrededor.
Históricamente, el cuidado fue entendido casi como una extensión natural de lo femenino.
Y precisamente por esa naturalización, muchas veces quedó invisibilizado, no remunerado y relegado al ámbito privado.
La arquitectura social cambia.
Hoy, el debate internacional sobre derechos humanos ya no habla solamente de economía, productividad o crecimiento.
Empieza a preguntarse quién sostiene la vida cotidiana de las personas y bajo qué condiciones lo hace.
En Europa, el Parlamento Europeo reclamó recientemente que los cuidados estén en el centro de todas las políticas públicas, entendiendo que cuidar no puede seguir siendo una carga silenciosa ni una responsabilidad individual aislada.
Y en América Latina, la propia Corte Interamericana de Derechos Humanos también comenzó a consolidar una mirada similar al reconocer la centralidad del cuidado en la vida humana, especialmente respecto de las personas en situación de vulnerabilidad y la necesidad de que los Estados asuman responsabilidades concretas en esa materia.
Es interesante observar que, en ambas latitudes del mundo, emerge una misma preocupación: la sostenibilidad de la vida humana.
En este punto aparece una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo. Los cuidados ya no tienen rostros exactos o definidos.
Porque hoy cuidar atraviesa:
- a las familias;
- al Estado;
- a las comunidades;
- a las empresas;
- a los sistemas de salud;
- a las escuelas;
- a las organizaciones sociales.
El cuidado dejó de ser solamente una tarea. Comienza a consolidarse como una cuestión estructural de derechos humanos.
No se trata de borrar la historia ni de desconocer que fueron las mujeres quienes sostuvieron durante décadas —y aún sostienen en gran medida— la arquitectura invisible del cuidado.
Se trata de comprender que la sostenibilidad de la vida no puede descansar únicamente sobre un rostro, un género o una biografía determinada.
Tal vez una sociedad madura no sea aquella que simplemente reconoce el valor del cuidado.
Tal vez sea aquella que finalmente entiende que cuidar también es una responsabilidad colectiva.
