Durante décadas, los derechos humanos fueron pensados para proteger a la persona en un mundo físico.

Un mundo de cuerpos presentes, fronteras visibles y relaciones tangibles.
Pero algo comenzó a cambiar.

Hoy, parte de la experiencia humana transcurre en espacios digitales inmersivos donde las personas no solo interactúan, sino que sienten, reaccionan emocionalmente, construyen identidad y desarrollan vínculos reales a través de tecnologías capaces de fusionar lo físico y lo virtual.

A eso se refieren las llamadas realidades inmersivas: entornos creados mediante tecnologías como realidad virtual, realidad aumentada o realidad mixta, que permiten a una persona habitar experiencias digitales cada vez más intensas.
Y frente a ello, el debate jurídico ya no parece futurista.

El propio Consejo de Europa advirtió recientemente sobre las implicancias que estas tecnologías pueden tener para los derechos humanos, especialmente en temas vinculados con:

  • la privacidad;
  • la libertad de pensamiento y expresión;
  • la protección de niños, niñas y adolescentes;
  • la manipulación emocional y conductual;
  • la captura masiva de datos biométricos;
  • y nuevas formas de violencia o exclusión digital.

Porque el problema ya no es solamente qué información compartimos. El problema es que estas tecnologías comienzan a captar cómo reaccionamos, qué miramos, cuánto tiempo sostenemos la atención, qué emociones tenemos e incluso cómo responde nuestro cuerpo frente a determinados estímulos.

La pregunta entonces deja de ser tecnológica. Y pasa a ser humana.

Porque si la identidad digital ya no es únicamente una representación, sino una extensión de la propia persona, entonces los derechos clásicos quizá necesiten ser reinterpretados frente a escenarios que el derecho nunca imaginó:

  • la dignidad;
  • la intimidad;
  • la autonomía;
  • la integridad psíquica;
  • la libertad;
  • la protección de la infancia.

Los derechos humanos nacieron para proteger a la persona frente a los abusos del poder.
El desafío actual es comprender que ese poder ya no actúa únicamente sobre el cuerpo o el territorio, sino también sobre la percepción, la conducta y la experiencia humana.

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