Una conversación urgente, seria y pendiente.

El mundo habita el entorno digital. Los niños son parte. Aprenden, juegan, se vinculan, crean identidad y construyen pertenencia allí, tal como lo hacen los adultos.
La tecnología forma parte de nuestra vida.

Por eso la discusión no puede agotarse solamente en prohibiciones.
“No uses.”
“No publiques.”
“No hables.”
“No entres.”

La protección es necesaria. Pero no alcanza. Prohibir no resuelve.

La verdadera pregunta es otra.

¿Cómo estamos formando a las infancias para vivir en el mundo digital con responsabilidad, pensamiento crítico y cuidado del otro?

La Observación General Nº 25 del Comité de los Derechos del Niño enseña que los derechos de la niñez también existen en el entorno digital.

Y eso implica algo importante. No pensar a internet únicamente como un espacio de riesgo. Pensarlo también como un espacio de ciudadanía.

Educar digitalmente no es solo controlar pantallas.

Es enseñar respeto. Consentimiento. Empatía. Privacidad. Responsabilidad. Convivencia.

Porque los niños no son ciudadanos digitales del futuro. Ya lo son.

Y probablemente sepan —y sabrán— mucho más que los adultos sobre tecnología y entornos digitales.

Por eso el desafío no es educar desde el miedo o la prohibición permanente. Se trata de garantizar acceso, alfabetización digital y protección de datos, en línea con estándares internacionales.