La escritura judicial no es un trámite.
Es un acto de responsabilidad pública.
Cada texto que firmamos tiene impacto real en la vida de las personas.
Por eso, propongo revisar nuestros rituales de escritura judicial
con un ajuste simple pero decisivo:
equilibrar lo técnico con lo humano, sin perder rigor.
Antes de escribir —o mientras escribimos— vale detenerse en una pregunta esencial:
¿Qué necesita hacer este texto por quien lo va a leer y por quien lo escribe?
La justicia del lenguaje
• Claridad antes que brillo.
• Un dato verificable por párrafo.
• Una reseña concreta del asunto, sin rodeos.
• Argumentos técnicos precisos, sin parafraseos innecesarios.
• Narrar cuando narrar ayuda a comprender.
Un orden que cuida
• ¿Quién es mi destinatario?
• ¿Qué quiero comunicar?
• ¿Dónde está el conflicto?
• ¿Qué propongo o decido?
• ¿Cuál es el enfoque técnico (norma, criterio, razón)?
• ¿Por qué esto importa en la vida real?
El lenguaje claro no simplifica la justicia. La vuelve accesible, responsable y respetuosa de la dignidad de quienes esperan una respuesta.
Porque una justicia que se entiende es una justicia que cuida.
Y escribir con claridad también es una forma de pedir, responder o decidir con y desde la humanidad.
