A menudo se piensa que la firmeza de un juez se mide por su distancia, por su rigidez frente al conflicto. Creo que es un error conceptual, y uno de los más extendidos.
La verdadera fortaleza de la investidura judicial no está en endurecerse. Está en la capacidad de sostener la objetividad técnica sin perder la sensibilidad frente al dolor de quienes tenemos enfrente. Y eso, lejos de ser una debilidad, es la forma más exigente de ejercer la función.
Lo digo con convicción: la sensibilidad no debilita la tarea judicial. Lo que verdaderamente la degrada e invalida es decidir desde la indiferencia. Una decisión tomada con frialdad puede ser impecable en lo técnico y, aun así, dejar a una persona sintiéndose invisible frente al sistema.
A los jueces y juezas que recién comienzan, a quienes sienten que el sistema los empuja a ponerse una carcasa de acero, les diría una sola cosa: no confundan endurecerse con fortalecerse. Podemos volvernos más rápidos, más técnicos, más ágiles. Pero nada de eso debería quitarnos jamás la capacidad de conmovernos ante el dolor ajeno.
Sostener la humanidad en cada intervención es un ejercicio de coraje diario. No se hace una vez; se elige todos los días, en cada audiencia, en cada expediente, en cada persona que llega al sistema depositando allí muchas veces lo último que le queda: sus esperanzas.
Ese coraje silencioso, el de no volverse indiferente, es para mí el corazón de una justicia con alma.
