¿Estamos preparados para escuchar a un niño cuando su manera de hablar no se parece a la de los adultos?

Introducción

En el ámbito judicial solemos asociar la escucha con la palabra pronunciada de forma clara, lineal y coherente.

Sin embargo, la infancia no siempre se expresa bajo esos códigos. Muchas veces los niños hablan mediante silencios, dibujos, juegos, cambios de conducta, temores o resistencias difíciles de traducir en lenguaje adulto.

La escucha de niños, niñas y adolescentes exige entonces una revisión profunda de nuestras prácticas institucionales, nuestras expectativas y también de nuestras formas de interpretar aquello que aparece frente a nosotros. Porque no alcanza con habilitar un espacio para “que hablen”; también resulta necesario reconocer los distintos modos en que esa voz puede manifestarse y construir condiciones adecuadas para que la participación sea auténtica y no meramente formal.

Contenido del artículo

La infancia tiene formas propias de expresión

La participación infantil no puede medirse exclusivamente desde parámetros adultos de comunicación. Pretender respuestas lineales, precisión temporal o discursos elaborados desconoce las particularidades del desarrollo evolutivo y emocional de la niñez.

Un niño puede comunicar miedo evitando entrar a una oficina.

Puede expresar angustia mediante el silencio.

Puede revelar conflictos a través de un dibujo o de un juego.

Puede incluso contradecirse porque todavía no cuenta con herramientas emocionales suficientes para organizar aquello que siente.

Escuchar implica entonces ampliar la mirada sobre aquello que consideramos “decir”.

Contenido del artículo

II. El riesgo de interpretar la voz infantil desde categorías adultas

Uno de los mayores desafíos aparece cuando las manifestaciones de un niño son filtradas únicamente desde lógicas adultas: sospecha, desconfianza, exigencia de claridad absoluta o necesidad de verificar cada emoción bajo criterios de racionalidad madura.

En muchos casos, aquello que parece contradicción puede ser lealtad afectiva.

Aquello que parece silencio puede ser miedo.

Aquello que parece indiferencia puede ser una forma de protección emocional.

Por eso, garantizar el derecho a ser oído no significa únicamente permitir hablar, sino generar contextos donde el niño pueda expresarse sin presión, sin temor y sin la carga de satisfacer expectativas ajenas.

A modo de ejercicios

Quizás una de las preguntas más importantes para quienes trabajamos con infancias no sea solamente qué dijo un niño.

Tal vez la verdadera pregunta sea:

  • ¿Qué fuimos capaces de escuchar cuando habló?
  • ¿Qué vimos cuando los escuchamos?

Porque la infancia no siempre llega con discursos ordenados.

A veces llega con silencios.

Con dibujos.

Con enojo.

Con miedo.

Con gestos mínimos.

Y allí comienza una de las responsabilidades más delicadas del mundo adulto: aprender a reconocer que también existen otras maneras de decir.