Implica abandonar la comodidad del mundo adulto. Ese espacio donde todo parece previsible, donde hablamos entre pares y donde solemos interpretar la realidad desde lógicas adultas.
Implica ser conscientes de que la niñez judicializada puede tener necesidades, opiniones y modos de vivir los conflictos muy distintos a los que imaginan los adultos.

A veces el expediente dice una cosa. Y la niñez dice otra.

Y allí aparece una de las mayores encrucijadas de quienes intervenimos en estos procesos.

No convertir la infancia en una idea abstracta.

Porque la perspectiva de infancia no se agota en citar normas, convenciones o principios.

Se concreta cuando el niño deja de ser alguien sobre quien se decide y pasa a ser alguien con quien también se construye la decisión.

Tal vez por eso una justicia verdaderamente centrada en la niñez exige algo más que conocimiento jurídico.

Exige la suficiente sensibilidad para comprender que entre la letra de un expediente hay una infancia atravesando el proceso en tiempo presente.

3 ideas para juzgar con perspectiva de infancia:

Comprender que el tiempo judicial no se vive igual en la infancia que en la adultez.
No convertir la madurez de un niño en una carga que lo obligue a soportar más de lo que corresponde.
Recordar que una decisión judicial puede acompañar o profundizar una herida.