Hay niños que llegan a una audiencia creyendo que tienen que elegir entre las personas que aman.

Y probablemente esa sea una de las cargas emocionales más injustas que puede atravesar una infancia.

A veces no se les pide expresamente que elijan.
Pero el contexto, las tensiones adultas, las preguntas, los silencios o las expectativas terminan colocándolos en ese lugar.

Entonces aparecen frases como:

“No quiero que mamá se enoje”.
“No quiero lastimar a papá”.
“No sé qué decir”.
“No quiero problemas”.

Y detrás de esas expresiones muchas veces no hay indecisión.
Hay miedo.
Culpa.
Lealtades afectivas partidas.

Por eso la participación de niños, niñas y adolescentes en los procesos judiciales exige muchísimo más que habilitar una sala o una audiencia.

Exige construir entornos seguros. Exige disposición de escucha. Exige estar presentes y atentos.

Porque escuchar a un niño no debería implicar trasladarle el peso emocional de resolver conflictos que pertenecen al mundo adulto.

Ningún niño debería sentir que amar a uno implica traicionar al otro.

Y quizás una de las tareas más delicadas de quienes intervenimos en estos procesos consista precisamente en eso: en evitar que la infancia quede atrapada en disputas que nunca debieron descansar sobre sus hombros.