En los últimos años, el reconocimiento del derecho de niños, niñas y adolescentes a ser oídos en los procesos judiciales ha alcanzado un alto nivel de desarrollo normativo. Sin embargo, el verdadero desafío ya no radica en la existencia de ese derecho, sino en su aplicación concreta dentro de la práctica judicial.
La ponencia presentada por Mariana Rey Galindo en el II Congreso Internacional “Infancias sin Rehenes” propone una reflexión profunda sobre este punto. Su planteo es claro: además de la captura que puede producir el conflicto entre adultos, existe una segunda forma de captura, menos visible, que puede generar el propio sistema judicial.
Cuando un niño ingresa a un proceso, lo hace en un espacio diseñado por adultos, con tiempos, lenguajes y lógicas que no le son propios. Si ese diseño no es revisado críticamente, el proceso que debía protegerlo puede transformarse en una nueva fuente de vulneración.
El análisis identifica tres formas concretas en que esta captura se manifiesta:
1. El niño como rehén de lealtades
Cuando la escucha se transforma en un medio de prueba, el niño deja de ser sujeto de derechos y pasa a ser instrumento de la disputa adulta.
2. El niño como rehén del sistema
La aplicación rígida de protocolos de escucha, sin considerar las particularidades de cada caso, puede convertirse en una forma de desoír.
3. La ausencia de un lugar propio como actor procesal
Mientras la participación del niño no se traduzca en una legitimación activa real, su intervención seguirá siendo limitada.
A ello se suma un fenómeno transversal: la revictimización institucional. No es exclusiva del sistema judicial, pero la magistratura tiene un rol central en ordenarla, limitarla o reproducirla.
Desde esta perspectiva, la propuesta de Justicia con Alma introduce un cambio de enfoque: la escucha no como trámite, sino como método; la motivación como rendición de cuentas; y el liderazgo judicial como una práctica ética capaz de diseñar procesos que verdaderamente protejan.
En definitiva, la pregunta ya no es si el niño tiene derecho a ser oído.
La pregunta es otra:
¿Estamos realmente escuchando?
