La expresión es frecuente. Pero no es correcta.

No porque el problema no exista. Sino porque el modo en que lo nombramos importa.

Un niño o una niña no es bulineado ni es bulinero. Está atravesando una situación de agresión.

Y esa diferencia no es menor.

Cuando etiquetamos, fijamos identidades. Cuando describimos, abrimos posibilidades de intervención.

Las niñas, niños y adolescentes están en pleno desarrollo. Ensayan formas de vincularse, ocupan roles que no son definitivos.

Por eso, hablar de “el bulineado”, “el bulinero”, “el agresor” o “la víctima” puede generar algo más grave que el propio conflicto, estamos cristalizando una identidad. Seamos cuidadosos.

Nombrar bien es cuidar.

Porque no se trata solo de visibilizar el problema, sino de abordarlo sin reducir a quienes lo atraviesan a una palabra.

Acompañar también implica revisar cómo hablamos.

Seamos responsables. En cada palabra también hay una forma de proteger y de garantizar derechos.

De intervenir para prevenir. De educar sin lesionar.

De asumir, con responsabilidad, que podemos ser parte del problema o parte de la solución.

Cuidemos la palabra. Cuidemos la comunicación.

Te invito a leer esta guía, que ofrece herramientas concretas para abordar estas situaciones desde una mirada respetuosa y protectoria