En las salas de audiencia, los silencios suelen ser más elocuentes que las palabras.
Durante años aprendimos a valorar la rapidez. El apuro institucional y la urgencia de los plazos nos empujan a buscar resoluciones veloces, bajo una premisa que rara vez cuestionamos: la de que la eficiencia lo es todo. Y sí, el tiempo en términos judiciales importa, porque muchas veces es acceso a derechos. Pero hay un punto en el que la prisa deja de ser una virtud y empieza a volverse una forma de no escuchar.
Porque hacer justicia también implica aprender a detenernos. Respetar el tiempo del otro. Sostener la incomodidad de una pausa. Escuchar aquello que no se dice de manera explícita, pero que está presente en el tono, en la mirada, en lo que una persona no logra poner en palabras.
He visto audiencias enteras transformarse por un silencio. He visto a un niño pedir tiempo para pensar su respuesta y, en esa espera, obligarnos a los adultos a entender que el tiempo de la infancia no se adapta al nuestro: somos nosotros quienes debemos adaptarnos al suyo.
Modificar nuestra forma de mirar es el primer paso para que los tribunales dejen de percibirse como espacios hostiles y se transformen en lugares de verdadero encuentro humano. No se trata de decidir más despacio, sino de decidir con más conciencia.
Quizás ahí, en esa pausa que tanto nos cuesta, viva la parte más humana de la justicia.
