Eso dijo Zantinho, 14 años, en plena audiencia. Su voz dolida, pero firme.
No hablaba de un conflicto bélico, sino de una guerra íntima: la que libraban sus padres.
Decidió irse a vivir con su abuelo. No por comodidad, no por rebeldía. Por tranquilidad. Entendía que la paz emocional es, a su edad, más valiosa que cualquier otra cosa.
Es valorable que un adolescente ponga en palabras lo que muchas veces los adultos no nos animamos a reconocer: que el conflicto parental sostenido erosiona, agota y deja marcas invisibles.
Zantinho no pidió lujos, pidió silencio. No pidió privilegios, pidió calma.
¿Podríamos, en el marco del trámite judicial, generar un espacio de alivio?
Escuchar ese pedido interpela como profesionales, familia, comunidad, instituciones. Garantizar un entorno seguro no es solo una aspiración: es un derecho que nos compromete a todos.
