Dos hermanos. Divorcio entre sus padres.
Las residencias que fijaron los adultos están separadas por 2.000 kilómetros de distancia.
Desacuerdos permanentes entre los progenitores.

El niño quiere quedarse con su padre después de las vacaciones.
La niña quiere regresar con su madre, pero visitar a su padre más seguido.

En la audiencia me preguntaron:
—¿Me puedo quedar?
—¿Con quién me voy a ir a casa?
Y luego, casi al mismo tiempo:
—¿Y quién decide cuando ellos no deciden?
—Y vos, que sos jueza… ¿podés decidir qué vamos a hacer? Porque ellos no pueden.

Esa pregunta resume uno de los dilemas más complejos del derecho de familia.

Hay preguntas tan directas que obligan a salir de toda respuesta automática.
Y hay algo más: las respuestas no siempre pueden ser uniformes.
Ni siquiera frente a hermanos. No todo opera en bloque.

Cada niño tiene su propio proceso madurativo.
Cada historia familiar tiene su propio contexto emocional.
Cada vínculo tiene una intensidad distinta.

Cuando los desacuerdos parentales paralizan decisiones que afectan la vida cotidiana —el lugar de residencia, la escuela, el centro de vida— la intervención judicial no reemplaza a la familia. La desbloquea.
Decidir no es imponer. Es ponderar.
Escuchar no significa delegar completamente.

En estos casos, la función judicial exige valorar:
la voluntad expresada,
el grado de madurez,
la estabilidad de los vínculos,
el impacto emocional de cada alternativa,
y la necesidad de garantizar derechos personalísimos.

Qué difícil es responder a interlocutores tan directos.
Porque la autonomía progresiva no es una fórmula matemática. Es una construcción singular.
Y al mismo tiempo, tampoco podemos trasladar a los niños la responsabilidad que corresponde a los adultos.
La decisión final no puede recaer sobre quienes aún están en proceso de crecimiento.

La pregunta de esos niños sigue instalada:
¿Quién decide cuando ellos no deciden?

En el derecho de familia, la respuesta es institucional. Pero la exigencia es ética.
Y, muchas veces, la inmadurez no viene de los más chicos.