La frase quedó suspendida en una audiencia.

No salió de un libro.
No apareció en un informe técnico.
No fue escrita por abogados.
La dijo una niña.

Mientras los adultos hablaban de incumplimientos, medidas, denuncias y conflictos, ella hizo algo profundamente distinto.
Explicó cómo necesitaba ser querida.

Y después escribió ella misma las pautas.

No quería insultos para ella ni entre ellos.
No quería gritos. Tampoco quedar atrapada en peleas de adultos.
Quería que respetaran sus tiempos.
Quería poder hablar sin miedo.
Quería que el vínculo con su papá no doliera.

No pidió dejar de verlo.
No pidió castigos.
No pidió elegir entre uno u otro.

Pidió algo mucho más preciso. Ser querida de una manera que no la lastimara.

Y entonces ocurren las cosas. La letra de las normas deja de ser solamente texto. Alcanza sentido. Se concreta. Vive y revive en la humanidad de quien la protagoniza.

Porque el derecho a ser oído no consiste únicamente en darle la palabra a un niño o una niña. Consiste en permitir que esa palabra tenga consecuencias reales.

La Observación General Nº 10 del Comité de los Derechos del Niño señala que la participación de la niñez debe ser efectiva y significativa.

Es necesario entender, pero de verdad, que a veces los niños no necesitan que los adultos hablen por ellos.

Necesitan que alguien sea capaz de escuchar lo que vienen intentando decir hace mucho tiempo.

Y quizá allí empiece una verdadera justicia centrada en la niñez.