Las recientes sanciones aplicadas a profesionales por el uso irresponsable de IA no deberían leerse como un rechazo a la tecnología. El mensaje es otro, más profundo y más incómodo: la delegación acrítica del pensamiento no exime de responsabilidad.
La sanción no recae sobre el uso de una herramienta, sino sobre la renuncia al control, al criterio y a la revisión personal del trabajo presentado como propio. Cuando el resultado producido por una IA se incorpora sin análisis, sin verificación y sin contextualización, el problema deja de ser tecnológico y pasa a ser profesional.
En este punto, el paralelismo con las sanciones por plagio resulta inevitable.
En ambos casos, lo que se reprocha no es el acceso a información ni el uso de fuentes, sino la apropiación acrítica de un producto intelectual ajeno, presentado como si fuera fruto del propio razonamiento.
La tecnología —como antes los textos, las bases de datos o las citas doctrinarias— es una herramienta.
Pero el saber, el hacer y el decidir siguen siendo indelegables.
Ser profesionales hoy implica asumir un rol activo, es decir, usar la tecnología para ampliar capacidades, no para sustituir el pensamiento; para mejorar procesos, no para abdicar del juicio; para construir conocimiento, no para simularlo.
La verdadera frontera ética no se traza entre usar o no usar inteligencia artificial, nuevas tecnologías o producciones intelectuales ajenas. Se define, más bien, en el modo en que esas herramientas y fuentes son incorporadas: como apoyo al propio razonamiento o como sustituto del pensar.
Y en esa frontera, la responsabilidad sigue teniendo nombre propio.
