En la práctica judicial, solemos privilegiar la palabra. La declaración, la pregunta, la respuesta. Sin embargo, quienes trabajamos cotidianamente con personas —y no solo con expedientes— sabemos que no todo lo relevante `se dice´.

Hay silencios que protegen.

Gestos que advierten.

Dibujos que expresan lo que la voz no logra nombrar.

Especialmente en procesos de familia, niñez y situaciones de vulnerabilidad, la comunicación no verbal no es un dato accesorio: puede ser un indicador para comprender, cuidar y decidir mejor.

Lo básico

Comunicar no es solo hablar. Hay información en posturas, miradas, ritmos de respiración, demoras en responder, elección de asiento, objetos que se traen a la audiencia.

⏹ Silencio ≠ vacío. Puede ser protección, miedo, reflexión, disociación, objeción tácita o consentimiento resignado. El desafío es no rellenarlo con prejuicios.

⏹ Finalidad: garantizar participación real (especialmente niñez y personas con discapacidad), mejorar la calidad decisional y reducir daños.

El silencio no es vacío

El silencio no equivale a ausencia de información.

Puede expresar miedo, reflexión, agotamiento, disociación, resistencia o una forma legítima de cuidado personal.

El verdadero desafío judicial no consiste en “llenarlo” con interpretaciones apresuradas ni en forzarlo mediante preguntas insistentes, sino en aprender a escucharlo sin vulnerarlo.

Porque cuando el sistema exige palabra a cualquier precio, deja de proteger y comienza a producir daño.

Qué observamos cuando no se habla

En las entrevistas y audiencias, la información circula de múltiples maneras:

  • Gestualidad: manos escondidas, hombros tensos, miradas esquivas.
  • Paralingüística: pausas prolongadas, cambios de tono ante ciertos temas.
  • Proxémica: acercamientos o retrocesos frente a determinadas personas.
  • Lenguajes alternativos: dibujos, cartas, objetos significativos.
  • Tiempos: silencios selectivos, demoras reiteradas.
  • Entornos digitales: audios entrecortados, emojis, respuestas mínimas.

Pero nada de esto “prueba” por sí solo.

Pero sí, todo puede aportar sentido si se lo aborda con responsabilidad y una adecuada metodología de trabajo.

Cómo otorgar valor jurídico a lo no dicho (sin vulnerar derechos)

Leer lo implícito exige un marco ético.

Propongo 5 pasos que utilizo en la práctica judicial:

1️⃣ Describir sin juzgar

Registrar hechos observables, no conclusiones (“permanece en silencio 12 segundos”, no “evade la respuesta”).

2️⃣Triangular

Vincular lo observado con prueba documental, informes técnicos y contexto.

3️⃣ Ofrecer canales alternativos

Dibujar, escribir, señalar emociones, usar símbolos.

4️⃣ Verificar sentido

Preguntar, cuando sea posible, qué significó ese silencio o gesto para la propia persona.

5️⃣ Fundamentar

Dejar trazabilidad en la resolución: qué se observó, cómo se corroboró y por qué incide —o no— en la decisión.

Contenido del artículo

Riesgos a evitar

  • Sobreinterpretación (ver certezas donde hay ambigüedad).
  • Sesgo cultural/género/edad en lo que consideramos “respeto” o “sinceridad”.
  • Paternalismo: traducir sin chequear con la propia persona.

Silencio como “testimonio” (sin forzar)

Reglas de oro

  1. Nunca inferir culpa por callar.
  2. Permitir pausas y “derecho a no responder”, especialmente si hay asimetrías o riesgo.
  3. Ofrecer modos alternativos (tarjetas, pizarra, juegos, dibujos, entre otros).
  4. Documentar si el silencio cambia según la persona o el tema.

Para los derechos de la niñez y la adolescencia: escuchar sin exigir

En niñas, niños y adolescentes, la palabra no puede ser el único canal legítimo de expresión.

El dibujo, el juego simbólico, los colores y los tiempos de pausa también constituyen formas genuinas de participación.

No se trata de traducir por ellos, sino de crear condiciones reales para que puedan expresarse.

Escuchar no es interrogar.

Escuchar es habilitar.

Contenido del artículo

Una justicia que se deja interpelar

Leer lo no dicho no es un gesto de sensibilidad individual.

Es una obligación jurídica cuando están en juego la dignidad, la participación efectiva y la calidad de la decisión.

Humanizar la justicia no implica renunciar al rigor, sino ampliar las condiciones que garantizan derechos, entre ellas, generar verdaderos espacios de escucha para decidir mejor.

Porque, muchas veces, lo más importante no se dice.

Y, aun así, pide ser oído.