Hay audiencias que no se explican en términos jurídicos.

Se sienten.

Clarita —nombre ficticio, y 11 años— llegó a la charla con una carga que no era propia de su edad.

Un proceso judicial en curso.

Una discusión que, en los papeles, parecía girar en torno a días, horarios y modalidades de contacto con su papá.

Pero no era eso.

Durante la conversación, hubo un momento en que el silencio empezó a decir más que las palabras.

Ella se sostuvo. Como pudo. Hasta que algo se quebró.

Y entonces dijo: «Quiero decirte la verdad… estoy enojada y triste. Ya no me aguanto más sentirme así…»

No fue un estallido. Fue un acto de honestidad.

En ese instante, dejó de ser una “situación a resolver” para mostrarse como lo que siempre fue: una niña tratando de nombrar su dolor en medio de un conflicto que la excede.

Clarita no discutía horarios. Pedía otra cosa.

Dijo: «Yo solo quiero que mi papá pueda estar conmigo y conversar sobre mis cosas… lo extraño.»

Ahí estaban sus recursos.

Ahí, su claridad.

Ahí, su reclamo.

Mientras tanto, el proceso seguía su curso. Y los adultos —cada uno desde su lugar— sostenían sus propias posiciones, sus propias razones, sus propias batallas.

Pero había otra batalla. Silenciosa. Invisible. La de Clarita.

Una reflexión necesaria

A veces, el mundo adulto queda atrapado en la lógica de tener razón.

En ordenar, en decidir, en defender posiciones.

Y en ese movimiento, se pierde de vista algo esencial: que las niñas y los niños no necesitan que ganemos discusiones, necesitan que estemos disponibles.

Disponibles para escuchar. Para preguntar.

Para interesarnos genuinamente por lo que les pasa.

Porque, muchas veces, no están pidiendo más tiempo.

Están pidiendo otra calidad de presencia.

Y eso no se resuelve en un expediente.

Se construye en el vínculo.

Incluso el que se genera con la Justicia.