Los adultos solemos tener urgencias.

Queremos respuestas rápidas.
Acuerdos inmediatos.
Reencuentros instantáneos.
Soluciones definitivas.

Los niños, en cambio, habitan otros tiempos.

Hay vínculos que no pueden imponerse.
Hay afectos que no pueden decretarse.
Hay historias familiares que necesitan ser reconstruidas con cuidado, respeto y paciencia.

Especialmente cuando existen conflictos, distancias prolongadas o heridas que todavía siguen presentes.

En esos escenarios, la pregunta deja de ser cuándo quieren los adultos que ocurra algo.

Y pasa a ser otra.

¿Cuándo está preparado ese niño para transitarlo?

La centralidad de los derechos de niños, niñas y adolescentes exige un cambio de mirada.

No se trata de organizar su vida alrededor de los conflictos de los adultos.

Se trata de organizar las respuestas de los adultos alrededor de sus necesidades.

Porque la familia es un espacio de pertenencia, identidad e historia.

Y cuando las circunstancias lo permiten, preservar esos vínculos también forma parte de la protección integral de los derechos de la infancia.

Una reciente sentencia aborda precisamente esta tensión entre el valor de los vínculos familiares y la necesidad de respetar los tiempos, necesidades y bienestar de una niña.

El fallo completo puede leerse y descargarse desde mi página web.

Una justicia centrada en niñez no pregunta únicamente si un encuentro es posible.

Pregunta algo más importante.

¿Es este el momento adecuado para ese niño?