Las lecciones de un fallo: ¿abrir preguntas o crear certezas?
Existe una expectativa extendida —y comprensible— de que las sentencias judiciales traigan certezas. Que ordenen el conflicto, que establezcan un antes y un después, que digan con claridad qué está bien y qué está mal. En esa expectativa se deposita, muchas veces, la idea de que el fallo clausura la incertidumbre.
Sin embargo, quienes ejercemos la función jurisdiccional sabemos que no siempre es así.
El expediente que llega al juzgado no es solo un caso jurídico. Es una historia de vida. Y las historias de vida, por definición, exceden las previsiones normativas. No porque el derecho sea insuficiente, sino porque la experiencia humana no se deja encerrar del todo en categorías legales.

El expediente como historia y no solo como caso
Cada proceso judicial contiene personas reales, con trayectorias singulares, vínculos complejos, decisiones tomadas en contextos de vulnerabilidad, miedo o urgencia. La ley ofrece marcos de actuación, principios, reglas y garantías. Pero no ofrece —ni puede ofrecer— respuestas idénticas para realidades que nunca son idénticas.
En materia de familia, y especialmente cuando están involucrados niñas, niños y adolescentes, esta tensión se vuelve más visible. No hay fórmulas automáticas ni soluciones neutras. Cada decisión impacta en vínculos, en tiempos subjetivos, en proyectos de vida en formación.
Es justamente ahí donde la tarea judicial se aleja de cualquier automatismo y exige algo más que la mera subsunción normativa.

Decidir cuando no todo está claro
Lejos de lo que a veces se supone, el juez no decide siempre desde la certeza plena. Decide, muchas veces, en escenarios incompletos, atravesados por versiones contrapuestas, silencios, ausencias y límites probatorios. Decide sabiendo que no todo puede ser conocido y que no todo puede ser reparado por una sentencia.
Esa falta de claridad no paraliza la función judicial. Pero sí obliga a extremar el rigor, la prudencia y la responsabilidad.
Decidir no es negar la complejidad. Es asumirla.

La imagen de la pelicula. Marshall confronta la realidad del caso señalando que ninguna de las partes está diciendo la verdad completa. Esta pregunta lo lleva a descubrir que el miedo es un factor determinante, como cuando se le responde que «la verdad me mataría» .
La pregunta como herramienta del oficio judicial
En ese contexto, la pregunta ocupa un lugar central. Preguntarse qué se está decidiendo, para quién, con qué efectos y desde qué marco normativo no debilita la autoridad judicial. Por el contrario, la fortalece.
La pregunta permite evitar respuestas estandarizadas frente a realidades singulares. Permite revisar supuestos, identificar riesgos, ponderar alternativas. No se trata de una duda estéril, sino de una herramienta del razonamiento jurídico que antecede —y sostiene— la decisión.
Preguntar no es abdicar del deber de fallar. Es una forma de ejercerlo con mayor conciencia.

La función del juez: decidir dentro de los límites
Por supuesto, la función judicial tiene límites claros. El juez no crea derecho al margen de la ley ni decide según convicciones personales desligadas del ordenamiento jurídico. El marco legal es el anclaje imprescindible de toda decisión jurisdiccional.
Pero dentro de ese marco, el juez tiene la obligación de interpretar, ponderar y decidir, aun cuando no todo esté claro. Esa es, quizás, una de las mayores responsabilidades del oficio: asumir la decisión con conocimiento de su impacto humano, sin desconocer los límites normativos que la sostienen.
¿Abrir preguntas o crear certezas?
Tal vez la verdadera lección de algunos fallos no sea la certeza que ofrecen, sino las preguntas que habilitan. Preguntas que no deslegitiman la decisión, sino que invitan a pensar el derecho como una herramienta viva, en diálogo permanente con la realidad que regula.
La sentencia cierra el proceso jurídico. No siempre cierra el conflicto humano. Y reconocerlo no debilita a la justicia; la vuelve más honesta.
Dictar sentencias no es simplemente aplicar una norma. Es asumir la responsabilidad de decidir sobre la vida de otros, con la mayor conciencia posible del alcance de ese acto. Allí, en ese espacio de responsabilidad, se juega el sentido más profundo de la función judicial.
