El 10 de marzo no es un recuento de trayectorias individuales. Es, ante todo, el pulso de una pregunta necesaria sobre el lugar que habitamos las mujeres en el corazón de la justicia.
Durante mucho tiempo, los estrados fueron territorios de una sola voz. La llegada de las mujeres a la magistratura no fue solo un acto de presencia; fue el nacimiento de una mirada que expande el horizonte. No buscamos ser iguales a nadie, ni demostrar una fuerza que ya nos es propia. No se trata de una lucha de espejos, sino de la riqueza que surge cuando lo distinto deja de ser una excepción para volverse un valor.
No es solo sensibilidad, es capacidad. No es solo conquista, es transformación.
Quienes decidimos, lo hacemos con el rigor que la ley exige, pero también con la piel curtida por realidades que nos atraviesan. Porque nuestra presencia en la judicatura no crea una justicia distinta: devuelve una justicia completa.
El valor de este día no reside en la celebración de un nombre o un cargo, sino en la certeza de que las instituciones solo son sanas cuando reflejan la diversidad del mundo al que sirven. Sin pretensiones, sin medidas ajenas. Reconociendo, simplemente, el valor de ser lo que somos por el hecho de serlo: humanas.
