Espacios sin niños. Leyendo una noticia sobre el debate en torno a los hoteles “solo adultos” me surge una reflexión que excede al turismo.

¿Qué dice de una sociedad que empieza a pensar ciertos espacios como más cómodos cuando la infancia no está?

La discusión no debería reducirse a una oposición simple entre libertad comercial y discriminación.

Es cierto que pueden existir propuestas diferenciadas, experiencias de descanso, servicios orientados a públicos diversos.

Pero también es necesario formular otra pregunta: ¿hasta dónde puede llegar la exclusión de niñas y niños de los espacios comunes?

Hoy hablamos de hoteles. Mañana podríamos hablar de restaurantes. De transportes. De vuelos. De salas de espera. De eventos. De ámbitos donde la presencia infantil empieza a ser percibida como molestia, interrupción o ruido.

Y allí aparece un punto delicado. La infancia no es una falla de convivencia. No es una incomodidad que deba ser expulsada del paisaje social.

No es un grupo que deba circular únicamente por espacios especialmente tolerados.

Niñas, niños y adolescentes son parte de la comunidad. Tienen derecho a habitarla. A aprender sus reglas. A ser acompañados en ese aprendizaje.

Y también a que el mundo adulto asuma que convivir con infancias implica paciencia, corresponsabilidad y adaptación.

Por supuesto, esto no significa negar la necesidad de ordenar usos, cuidar el descanso, proteger derechos de otras personas o establecer reglas razonables de convivencia.

Pero una cosa es regular. Otra muy distinta es naturalizar la exclusión.

Cuando la respuesta frente a la presencia infantil es construir espacios donde niñas y niños no puedan estar, quizá el problema no esté solo en ellos.

Quizá también esté en nuestra dificultad adulta para integrar la infancia como parte legítima del espacio común.

La pregunta, entonces, no es únicamente si pueden existir hoteles sin niños.

La pregunta es qué modelo de convivencia estamos construyendo cuando empezamos a imaginar una vida social más cómoda sin infancia (u otros: adultos mayores, con discapacidades, etnias, etc.).

Porque una sociedad que solo tolera a los niños cuando no incomodan corre el riesgo de olvidar que educar, cuidar e integrar también son responsabilidades colectivas.