Hace pocos días, en el marco de los 10 años del Código Civil y Comercial de la Nación, hice el cierre del panel referido a las Relaciones Familiares y Sucesiones. Los temas giraron en torno a la filiación, el régimen patrimonial, los procesos de familia y todos los desafíos de estos tiempos.

Pero detrás de cada concepto jurídico, había algo más profundo: una pregunta sobre cómo el Derecho acompaña —o no— las transformaciones de la vida real.

Las reformas legislativas marcan hitos. Sin embargo, los verdaderos cambios muchas veces llegan antes: en nuevas formas de construir vínculos, en la ampliación de los modelos familiares, en los modos de transmitir un patrimonio material o afectivo, en cómo concebimos la identidad y la pertenencia.

Ahí está nuestro mayor desafío: interpretar la norma con técnica, pero también con humanidad. No basta con aplicar artículos. Hay que leerlos a la luz de la realidad que se vive y de la justicia que se persigue.

Nuestra Constitución, en su Preámbulo, nos convoca a “afianzar la justicia”. Ese llamado no se limita a preservar lo que ya existe: implica sostenerla con firmeza, fortalecerla frente a los desafíos y renovarla para que dialogue con las realidades de hoy.

La justicia no vive solo en las normas; su verdadero valor se multiplica cuando se muestra con rostro humano. De cara a la Justicia y la Justicia de cara a la realidad: así debería ser cada decisión, cada enseñanza, cada intervención.

«Hacer Justicia» es una expresión tantas veces repetida… Tal vez la respuesta esté en hacer nuestro trabajo —como docentes, operadores, profesionales— con la convicción de que podemos abrir caminos y transformar destinos.