El derecho de las familias no puede seguir tratándose como un asunto menor ni confinarse al ámbito estrictamente privado. Sin embargo, eso es lo que ocurre cada vez que minimizamos las problemáticas de la niñez calificándolas como simples «temas familiares».

Esa minimización no es inocente: es una falla estructural. Cuando lo que le pasa a un niño en la casa o en la escuela queda siempre relegado a un segundo plano, lo que estamos diciendo, en el fondo, es que ese niño no es del todo un sujeto de derecho. Sigue siendo tratado como un ciudadano de segunda categoría.

Y desde ese lugar se normaliza algo grave: las violencias hacia las infancias. Cuando se invisibiliza su sentir, cuando se desacredita sistemáticamente su voz, cuando no se cree en lo que dicen, se está legitimando la vulneración de sus derechos más fundamentales.

Mientras tanto, seguimos discutiendo otras urgencias y llegamos tarde a los dolores que marcan una vida desde muy temprana edad. La niñez no puede seguir esperando en la fila de las prioridades.

Necesitamos, con urgencia, situar a las niñeces en el centro del debate público y del diseño institucional. No como un gesto decorativo, sino como un cambio real de lógica: dejar atrás el adultocentrismo y construir una sociedad —y una justicia— que vea, escuche y tome en serio a sus niñas y niños. Porque reconocerlos como ciudadanía plena es el primer paso para protegerlos de verdad.