Durante estos meses hablamos —con razón— de poner a la niñez en el centro del proceso judicial.
Pero la experiencia cotidiana en el fuero de familia me llevó a dar un paso más.

No me alcanza con adaptar procedimientos para que sean “amigables”.
La verdadera transformación ocurre cuando el proceso mismo se deja moldear por la infancia.

Una justicia moldeada por la niñez:

escucha sin forzar la palabra;
reconoce tiempos que no son los del expediente ni las urgencias adultas;
admite otras formas de comunicar y de expresarse;
cuida sus derechos sin permitir que sean utilizados como estrategia de terceros;
permite y habilita la participación real y protagónica de la niñez y la adolescencia;
genera condiciones adecuadas para que esas voces se inscriban;
recepta sugerencias que provienen de niñas, niños y adolescentes y se anima a transformarse para adecuar el proceso;
decide sin trasladarles la carga de resolver.

No se trata de ceder la función jurisdiccional.
Se trata de asumirla con mayor responsabilidad.

Juzgar desde los moldes de la infancia no debilita el proceso: lo ordena desde una perspectiva ética, jurídica y responsable.

Lo vuelve más preciso.
Más honesto.
Más consciente del impacto que cada intervención deja en una historia de vida.