Cada vez aparece con más claridad una tensión en el ámbito familiar: el deseo de los adultos de compartir la vida cotidiana en redes y el derecho de niñas, niños y adolescentes a preservar su intimidad.

En distintos casos recientes, algunos progenitores —e incluso los propios adolescentes— han solicitado a la Justicia que se eliminen publicaciones con fotos o videos en redes sociales por sentirse expuestos.

Esto obliga a pensar algo esencial. Las niñas, niños y adolescentes no son una extensión física o digital de los padres. No somos dueños de su identidad online u offline. Son personas titulares de derechos.

El artículo 3 de la Convención sobre los Derechos del Niño lo establece con claridad: en toda decisión que los afecte debe primar su interés superior. Por eso, distintos criterios que comienzan a consolidarse en el ámbito judicial ponen el foco en:
• el derecho a la imagen y a la intimidad
• la huella digital permanente que generan las redes
• la prevención de exposición o violencia digital
• y la aplicación del interés superior del niño también en el entorno digital.

No se trata de prohibir la vida familiar en redes. Se trata de comprender que son sujetos de derechos.

Una mini guía para no confundir derechos con propiedad

  1. Son sujetos de derecho, no contenido digital.
    Su imagen y su vida privada no son material disponible para publicar sin reflexión.
  2. La responsabilidad parental no equivale a dominio.
    Cuidar implica proteger su dignidad y su futuro, también en el mundo digital.
  3. La huella digital no desaparece.
    Lo que hoy parece una foto inocente puede convertirse mañana en exposición permanente.
  4. Escuchar su voz importa.
    A medida que crecen, su opinión sobre qué compartir y qué no debe ser tomada en cuenta.
  5. El interés superior del niño orienta la decisión.
    La pregunta correcta no es “¿puedo publicarlo?”
    La pregunta es “¿esto protege o afecta sus derechos?”

La tecnología cambió la forma en que compartimos la vida.
Pero un principio sigue intacto.

Los derechos de la infancia no desaparecen cuando se abre una red social.