Desde mi quehacer, he visto casos en los que el conflicto de las partes parece “mudarse” a otro escenario: el de los profesionales que las asisten.
Profesionales que, en lugar de ser facilitadores del diálogo, terminan repitiendo —o incluso ampliando— la confrontación.
Cuando esto pasa, el centro deja de ser la persona que necesita protección o resolución, y pasa a ser una competencia que consume energía, tiempo y esperanza.
El expediente crece, pero la solución se aleja.
La misión de quienes trabajamos en justicia no es competir por tener razón, sino colaborar para encontrar la mejor respuesta.
Si dejamos que el conflicto se vuelva personal entre quienes deberíamos mediar, perdemos todos: la confianza en el sistema, la celeridad del proceso y, sobre todo, la oportunidad de restituir derechos y aliviar el sufrimiento de quienes esperan una respuesta.
Tal vez la pregunta sea:
¿Qué pasaría si, ante un caso difícil, cada profesional se recordara a sí mismo que no es “su” batalla, sino “su” oportunidad de colaborar?
